Todo aquel que haya participado en una sociedad comercial, ya sea siendo accionista o director, sabe que existen objetivos empresariales imprescindibles e impostergables. Ocasionalmente, ocurre que los intereses de todos los accionistas no son similares y, muchas veces, se contraponen al rumbo de los propios directores. Más aún si estos son, a su vez, accionistas de la sociedad.
Para los socios que no están inmersos en la gestión diaria es difícil conocer cabalmente cómo se están llevan los negocios y si los directores encargados logran optimizar las rentabilidades de la sociedad.
Empecemos por imaginar una compañía en problemas. Los objetivos de la empresa se han incumplido por diversas razones y los empresarios, que esperaban obtener ganancias, entienden que su director no colma las expectativas.
¿Cuándo será responsable el director por el mal desempeño de la sociedad? Si el director actuó de forma fraudulenta, valiéndose de su posición de privilegio para conseguir beneficios propios a costas de la sociedad y sus accionistas, no hay duda: va a tener que responder e indemnizar los daños causados e incluso ser pasible de acciones penales.
Pero aún sin haber incurrido en fraude los directores pueden ser llamados a responsabilidad.
¿Qué es el buen hombre de negocios?
Nuestra Ley de Sociedades Comerciales contiene una expresión específica que, junto al deber de lealtad, determina cómo deben conducirse los directores: "el buen hombre de negocios".
El problema radica en que este concepto no está definido en la ley y, por eso, debe ser interpretado caso a caso. Así, sin considerar el giro en que se desarrolla la empresa, sus características particulares, las funciones genéricas y específicas que el director cumple y cómo actuó la circunstancia debatida, no puede definirse qué constituye una actuación diligente. Nuestros jueces, más allá de las singularidades de cada situación, concuerdan en que al "buen hombre de negocios" debe exigírsele un comportamiento adecuado a la altura de la actividad empresarial que desarrolla. Y en esa latitud se dirimen las disputas.
La responsabilidad de los directores suele ser más sospechada cuando los negocios andan mal. Entonces los accionistas examinan cada acción del director, buscando cuáles fueron las decisiones que condujeron al fracaso.
En estos casos parece más fácil detectar resoluciones erradas, el "crimen" se consumó y se llama fracaso. El cadáver está a la vista, sólo hace falta encausar al asesino.
Las difusas fronteras de la responsabilidad
Imaginemos otra situación. La empresa funciona, los socios reciben ganancias al cerrar el ejercicio, pero el desempeño no es el esperado.
Quizás los directores no tomaron las mejores resoluciones en beneficio de la empresa y su actuación deja mucho que desear. ¿Qué pasa?
De acuerdo a nuestro ordenamiento jurídico no serían susceptibles de responsabilidad.
La ley no exige a los directores que sean infalibles y tampoco se pretende que aseguren el éxito total de los negocios. Sin embargo, sus errores tampoco pueden ser de tal magnitud que ocasionen un perjuicio previsible, que se podría haber evitado si el encargado de la decisión hubiera actuado diligentemente.
No es frecuente la condena a un director si no se prueba que su actuación fue la que causó el daño a la sociedad o a los accionistas. Se frustran las expectativas de los litigantes ya que muchas veces es difícil determinar cuándo un director actuó de forma culpable.
El abanico de circunstancias a los que se enfrentan quienes lideran las empresas es tan grande que no resulta tarea fácil para el juez que tiene que decidir en el caso particular.
¿Qué caminos tienen los accionistas para perseguir la responsabilidad de sus directores?
Información, prueba y método
Son variados los recursos a los que puede apelar un accionista a la hora de reclamar la responsabilidad de los directores. En primer lugar y de forma preparatoria, si representa al menos un 10 % del capital, puede solicitar la información establecida de forma expresa en la ley. Esto le permite, en cierta medida, acceder a datos que normalmente, salvo que forme parte del directorio, nunca podría manejar.
Ese podría ser el puntapié inicial de un partido largo y difícil. Luego, el resto de las acciones contra los directores van a tener que concebirse e implementarse cuidadosamente en consonancia con una estrategia legal inteligente. Ya sea que se opte por iniciar una acción de responsabilidad o de forma previa se solicite la intervención judicial de la sociedad, con o sin desplazamiento de los directores (en todos los grados posibles), será fundamental la conformación contundente de las pruebas de la actuación violatoria de la diligencia requerida. El rigor metodológico define las probabilidades de ganar el juicio, la improvisación anticipa el fracaso.