La Ley de Gresham, bautizada así en honor de Sir Thomas Gresham, fundador de la Real
Bolsa de Comercio de Londres, captura una regularidad interesante en el uso del dinero. Esta ley
señala que el dinero malo desplaza al dinero bueno y lo saca del mercado. Por ejemplo, en cierta
época en Tanzania se usó el ganado como dinero. Pronto las personas se dieron cuenta de que en
las transacciones sólo se usaban los animales más flacos y enfermos.
La razón era muy sencilla: los valores de los bienes y servicios se expresaban en número de
cabezas, sin distinguir entre ganado bueno y malo. Puesto que el ganado tiene un valor intrínseco
por la carne, leche, cuero y por servicios de transporte que presta, era más conveniente pagar con
ganado malo y conservar el bueno.
Algo semejante ha ocurrido también en países que han tenido sistemas monetarios
“bimetálicos”. En China, por ejemplo, las monedas de oro y plata circulaban juntas a fines del siglo
XIX. Los precios de los bienes y servicios se establecían en ambos metales, manteniéndose fija la
tasa de conversión. Pero al mismo tiempo, el oro y la plata se transaban independientemente
como mercancías. Cada vez que el precio relativo de estos metales en los mercados difería de sus
tasas de conversión como dinero, el dinero “bueno” desaparecía de circulación.
Por ejemplo, si una moneda de oro valía tres monedas de plata, pero una onza de oro no
monetario (es decir, oro en forma distinta de dinero) podía usarse para adquirir cuatro onzas de
plata no mentaría, entonces las monedas de oro desaparecían como dinero y circulaban sólo las
monedas de plata.
Por Sebastián Vignoli.
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